lunes, 19 de diciembre de 2016

¿Hacia dónde va Cuba?

Vaya por delante que no tengo una especial simpatía por el "régimen" cubano. No, pero la calidad de las personas es una cosa y de las instituciones, otra. No guardo especial simpatía por el "régimen" en cuanto tal; pero los cubanos no tienen por qué pagar los platos rotos de los dirigentes, ¿verdad?

Por lo tanto, Cuba no es mi modelo ni de sociedad ni de país. Sin embargo, no se puede entender la evolución de Latinoamérica ni del socialismo en el mundo sin entender ni analizar la capital aportación de la "revolución" cubana.

En ese sentido, el socialismo "latinoamericano" cubano siempre fue una forma de socialismo al margen de las principales corrientes del movimiento comunista internacional, divididas entre el ejemplo soviético y el chino. Cuba estuvo al lado de la URSS, sólo hasta cierto punto. Se cuenta la famosa anécdota de la maquina quitanieves que los soviéticos exportaron a Cuba. Uno de tantos errores burocráticos.

No, Cuba no hizo un trasplante "acrítico" de la experiencia soviética al país, aunque es cierto que se exportaron muchas enseñanzas y especialistas, y con ello seguramente también muchos errores. Pero la "revolución" cubana relativamente pronto toma distancia de la experiencia soviética, debido a que a no se puede trasplantar sin más de un país a otro lo que sucede a 9 mil y pico kilómetros de distancia. No sólo eso, la Cuba "revolucionaria" puso en marcha su propio modelo de revolución socialista de ejemplo para todo el mundo, como lo hicieron otros países. Por lo tanto, entre Cuba y la URSS nunca funcionó una pura y simple correa de transmisión, sin más.

Cuando llegó la perestroika, es sabido que Cuba se desmarcó públicamente de aquello. Pero es todavía más lo que hizo; Cuba se puso del lado de los que intentaron que aquella experiencia se frustrara, intentona que dio lugar al golpe de Estado fallido del 19 de agosto de 1991, que es el verdadero comienzo del fin de la URSS y no la perestroika o glasnot en sí, porque esa política de reformas en la URSS había previsto la forma de continuar, transformando la unión, la vida de la URSS, sin embargo los que intentaron el golpe de Estado de agosto no tuvieron previsto un plan b en caso de que su primer plan fallara, resultando el hundimiento final de la URSS conocido por todos.

Sin embargo, lo que está poniendo en marcha Cuba es su perestroika o glasnot. Cuando se les dice estó a los partidarios (funcionarios) del "régimen" se enfadan... Se enfadan porque la comparación les ofende, se enfadan porque temen que eso soliviante a los "puros" y conservadores (tradicionalistas) de la revolución, se enfadan, en fin, porque la perestroika (la política de reformas económica) soviética acabó mal; pero la pura y simple verdad es esa, que la Cuba "socialista" está llevando a cabo una política de reformas en la misma línea que la soviética. Cuba aplica una política de reformas económicas similar a la soviética, atendiendo a sus propias peculiaridades/características sociales, económicas y políticas; de la misma forma que lo hizo cuando introdujo el socialismo... Eso no quiere decir que de la noche a la mañana vaya a aparecer en la isla el pluralismo político, aunque de hecho ya existe... Como tampoco quiere decir que de la noche a la mañana el Estado vaya a renunciar al monopolio de la opinión pública, aunque por otro lado la disidencia ya emplee sus propios mecanismos de expresión, sobre todo a través de internet. Por lo tanto, esos cambios ya están en marcha, como lo estuvieron con la perestroika soviética. Que vayan a dar lugar al colapso de la revolución socialista, está por ver. De las experiencias del pasado se aprende. Sin embargo, ¿quién puede predecir lo que pasará si América Latina (como bloque regional) entra en recesión económica?, ¿o si se recrudecen los conflictos militares (este-oeste) en el mundo?

Dicho lo cual, expongo ahora cuatro posibles vías de evolución de la situación socio-política en Cuba:

- La vía norte-americana: Básicamente, Cuba vuelve al "status quo" anterior a la revolución. Es la vía añorada por la derecha cubana residente en La Florida (EE. UU.). Evidentemente, no sería una vuelta pura y simple a la situación social y económica de Cuba durante su presidente Fulgencio Batista. Sin embargo, elementos socio-económicos de aquella Cuba están más vigentes que nunca; la prostitución, los negocios privados, el turismo. A está vía le quedaría por legalizar el juego... Entonces los gagsters podrían volverse a pasear a la luz del día por Cuba y decir aquello de que "la isla es nuestra". Puede parecer una imagen esterotípica, pero no lo es ni mucho menos. La Florida está a poco más de 300 kilómetros de la isla, poco menos de media hora de vuelo. Y para importantes sectores políticos de EE. UU. (especialmente conservadores), Cuba es poco menos que una prolongación de su territorio, parte de su plataforma sub-continental. En fin, como para ellos lo son Puerto Rico, Santo Domingo o Haití. ¿Y quién va a gobernar en EE. UU., próximamente? ¡Un conservador!

- La vía de la Unión Europea: Dicen los medios de comunicación de derechas en España que la Unión Europea ha abandonado su "posición común" con respecto a Cuba. ¿No será, más bien, que ha redoblado su posición común de hacer negocios en Cuba? Está vía europea es complementaria de la anterior norteamericana. Para los europeos (de la UE), lo ideal sería preparar una "transición" en Cuba similar a la de la Europa del Este. Organizar dos grandes partidos que se fueran turnando en el poder; uno, digamos, neo-conservador, más próximo a los intereses de EE. UU., y otro, digamos, social-demócrata, más próximo a los intereses europeos. A la larga, que la Cuba "neo-capitalista" hiciera buenos negocios tanto con Norteamérica como con la Unión Europeo. Y motivos (en la progresía europea) tienen para acariciar esta posibilidad. Particularmente la Internacional Socialista (con sus sucursales en España, Francia y los países escandinavos) ha abierto importantes vías de "colaboración" con Cuba al respecto; de momento, esas vía se mantienen en el terreno de la diplomacia entre países y los negocios satisfactorios para ambas partes, pero, quién sabe, tal vez más adelante se podría llegar a asesorar para montar un partido socialista y un "cambio tranquilo". El partido demócrata de EE. UU. también está por la labor; de hecho a los demócratas norteamericanos les gustaría convencer a los conservadores de su país de que apoyen esta "transición" mutuamente interesante para ambas partes, pero no lo tienen fácil porque, inevitablemente, surgen suspicacias y rencillas por el reparto de la tarta subsiguiente.

- La vía china: Desde el 2006 la corriente "morenista" del trotskismo internacional (originaria de América Latina) viene alertando sobre la reinstauración del capitalismo en Cuba. Según ellos, la deriva de la revolución cubana sería "prochina". De ser así, por "prochina" habría que entender nacionalista y social-imperialista (expansionista) china; porque si por algo se caracterizó la revolución (socialista) china desde su triunfo en 1949 fue por su nacionalismo e ímpetu expansionista (en tiempos de Mao territorialmente, después de Mao y tras los acuerdos comerciales con EE. UU., además mercantilmente). La China "popular" (socialista) ha conocido las tres revoluciones industriales; la de la agricultura y manufactura, la de gran industria, y la de la micro-tecnología. China es un país "capitalista" en la medida en la que conviven en su país rasgos económicos y políticos socialistas y nacionalistas. También los europeos y los norteamericanos albergan sus propios proyectos sobre la evolución posterior de China, independientemente de que las autoridades chinas les dejen materializarlos o no. Por lo demás, a la China "popular" le gustaría seguir creciendo con esa combinación capitalista-socialista-nacionalista, aunque el resto del mundo (Unión Europea y EE. UU.) no están por la labor, porque son muy conscientes de que un mundo que alumbrara una superpotencia china ya no sería un mundo de predominio occidental (y, por tanto, capitalista). El planteamiento de que Cuba se vuelve "prochina" es una pésima metáfora. China está ganando mucha influencia en América Latina y en África, además de en Asia, pero también en Europa y en Norteamérica, ¡China está ganando influencia en todo el mundo! Y eso no significa que el resto del mundo se vuelva "prochino", de la misma forma que la "japonización" del mundo después de la guerra de Vietnam no significó que todos nos volviéramos pro-japoneses (se impuso cierto estilo en los negocios, ciertas modas estéticas, eso fue todo).

- La vía rusa: Si de las cuatro vías de posible evolución socio-política de Cuba me preguntaran cual de las cuatro vías creo que va a seguir Cuba, diría que esta última. Por varias y creo que poderosas razones. En primer lugar, existe la proximidad cultural. Durante 30 años se sometió a Cuba a una influencia cultural rusa, y esa influencia no cesó (aunque se redujo) después de la desintegración de la URSS. Rusia, después de este suceso, no dejó de ser un referente tecnológica e intelectual para Cuba; y tras su recuperación con el binomio Putin/Medvédev y el nacionalismo subsiguiente, se han recompuesto las relaciones bilaterales en múltiples ámbitos. Al igual que la relación con China, la relación de Cuba con Rusia es una relación muy ventajosa para ambas partes; Rusia no puede permitirse perder esa puerta a América Latina, y Cuba lo sabe y pone un precio alto a esa oportunidad. Además, Rusia hoy como antes la URSS, supone para Cuba un freno a las apetencias imperialistas de EE. U.U. De hecho, Cuba juega un juego muy antiguo al que jugaron los países antes de la II Guerra Mundial cuando eran objeto de la apetencias coloniales y era a contraponer estas apetencias para que se neutralizaran mutuamente y el país codiciado se beneficiara de la negociación a varias bandas. Aunque es un juego no exento de riesgos, porque una negociación a varias bandas de este tipo puede enervar los ánimos de las potencias rivales hasta el punto de declarar la guerra o invadir el país. Pero, en el caso de Cuba, ¿se puede esperar un escenario peor que tener 117 kilometros cuadrados de su territorio ocupados por una base militar extranjera? Se puede, y es tenerlo por más bases. Con esto me refiero a la reactivación de la base ruso-cubana de Lourdes o a la base chino-cubana de Bejucal. Claro, no es lo mismo, estas bases no suponen una cesión de soberanía, pero en dichas bases rusos y chinos trabajan en función de sus propios intereses nacionales, como lo hacen los estadounidenses en las bases compartidas que tienen por todo el mundo. Por lo tanto, a la Cuba socialista le conviene mantener e intensificar esta relación con Rusia. Además, Rusia tiene su propio proyecto de mercado común (la Unión Euroasiática), mientras que China establece relaciones con diferentes áreas mundiales de comercio libre y se convierte en paladín del mismo (según dice, para alejar el fantasma de la crisis económica mundial y, de paso, crear un mercado interior); es decir, Rusia y China son socios complementarios para Cuba. En cambio, Rusia y China rivalizan con los espacios de libre mercado que lideran EE. UU. y la Unión Europea (los tratados de libre comercio transatlántico y transpacífico) (1). Para Cuba es mucho más interesante estar cerca de los proyectos de los economía de mercado que lideran Rusia y China que de los que lideran EE UU. y la UE. Hablamos de economía de mercado "capitalista", pero de un mercado regulado en base a tratados entre Estados soberanos y en función de los intereses bilaterales entre dichos Estados. Caben pocas dudas de que Cuba estará más próxima a Rusia y China frente a EE. UU. y la UE, hoy por hoy, y mientras el mundo occidental (los países del Atlántico norte) tratan de subyugar económicamente a China, además de militarmente (2), como ya lo hicieron con la URSS a finales de la década de 1980. Y también la vía rusa tiene riesgos para Cuba como ya los tuvo para la URSS. Y es que, como decíamos al comienzo de este artículo, se puede perder el control del proceso. Si la dirigencia cubana perdiera el control del proceso de reformas podría irrumpir la via norteamericana, con políticas económicas de shock neoliberal, como las llevadas a cabo en algunos países de Europa del Este (3), o en Nicaragua con el gobierno de Violeta Chamorro (4), y esto, lejos de instaurar un bipartidismo político, supondría depresión social y económica del país del que tardaría en salir, y eso si lo consiguiera. Porque el bipartidismo tampoco se ha instalado de una forma clara en la Europa del Este, más bien lo que se ha instalado es una fragmentación social y política que da pábulo a los extremismos y a la desintegración social y económica de los países.

En definitiva, todas las vías planteadas de evolución posible de Cuba tienen sus riesgos. La norteamericana y la europea conducen, simplemente, a la claudicación de la soberanía de Cuba. La china tiene el riesgo de sufrir las apetencias de conquista económica y militar de Occidente, y terminar incorporándose al sistema capitalista internacional como una serie de entidades político-económicas fragmentadas (cantones, multinacionales, etc.). La rusa, una vez el país asume el proceso de capitalización económica y construcción de un Estado homologable a los occidentales, tiene el riesgo de perder completamente el control y ser gobernado en lo político y en lo económico por países extranjeros. Cuba, en última instancia, sigue su propio modelo de desarrollo (5), como lo lleva haciendo desde hace más de 50 años, sin embargo, he expuesto como este modelo se nutre de la confrontación de los cuatro modelos anteriormente presentados, y surge de la combinación del chino y del ruso, frente al norteamericano y el europeo.

Contestando a los trotskos que llevan 10 años diciendo que en Cuba se está reinstaurando el capitalismo, les diría que tienen razón a medias. A finales de la década de 1980 decían lo mismo los maoístas de la URSS, entonces también les podía haber dado la razón a medias. Para decirlo de forma poética, todo consiste en saber en manos de quien están los tanques. Y los tanques en la URSS, como se demostró el 19 de agosto de 1991, no estaban en las manos correctas. Eso quiere decir que la introducción del capitalismo en la URSS, si se hubiera producido sin disolver la entidad soviética, hubiera sido mucho menos dañino y caótico. A lo que los maoístas rebatirían diciendo que el capitalismo entraña caos. Y yo volvería a responder que en manos de quien están los tanques. Es curioso como el mismo maoísmo nunca ha criticado con tanta saña a China... (6). Será porque allí los tanques están en las manos correctas. Es decir, la descomposición del campo socialista a lo largo de la década de 1980 no se puede entender sin analizar la recomposición del capitalismo tras su crisis de la década de 1970. La perestroika, aunque la impulsó Gorbachov, era un proyecto pensado y puesto sobre el papel mucho antes de que él llegará al poder, y surgía de la necesidad de responder a los retos internos y externos del sistema soviético. Algunos dirán que todo eso obedece a una degeneración del propio sistema, yo en cambio pienso que obedecía a una readaptación del sistema soviético a la marcha general del capitalismo mundial (en tanto sistema político-económico que, efectivamente, gobernaba todo el mundo, y no sólo una parte de él). El entusiasmo ideológico puede llevar a pensar que, dado que se había emancipado un grupo de países de la marcha general de la economía capitalista mundial, podían vivir de espaldas a ella, pero el pragmatismo político de los gobiernos nacionales lleva a pensar justamente lo contrario.

Por eso, aunque Cuba desarrolle su propio modelo social y económico, de quien más cerca están, cultural, política y económicamente hablando, es de Rusia. Y no desde una perspectiva romántica sino muy práctica. La base cultural cuba es europea, como la rusa. El empuje político-económico de la revolución cubana surge de su comunión con la soviética. El talento intelectual y técnico cubano se forja en la colaboración con la URSS. Y, por último, los desafíos de futuro para el Estado cubano y ruso son los mismos. Ni la ASEAN ni nada valen sin la reconstrucción del espacio soviético que está llevando a cabo Rusia, sobre bases completamente distintas a la URSS, y poniendo blanco sobre negro a la experiencia de más de 70 años de socialismo-soviético. Lo que quiere decir que el porvenir de la soberanía de los países no depende tanto de la recuperación de la senda del socialismo como de la organización de unos mecanismos democráticos (multilaterales) de decisión mundial. Lo vengo diciendo prácticamente desde que comenzó la plataforma "No a la Guerra Imperialista" y estuvimos en la tesitura de "teorizar" sobre el campo anti-imperialista, haciendo bandera del concepto "mundo multi-polar", para regocijo de aquellos países que creíamos que formaban parte de aquel campo pero para escándalo del PCPE y algún partido o partidito más (los cripto-comunistas que pergeñaron y aplaudieron el golpe de agosto de 1991 en la URSS,  y que vienen reescribiendo la historia del comunismo desde entonces).

En otras palabras, tras la desaparición de la URSS, cuya fecha de desintegración los cripto-comunistas la ponen en la caída del muro de Berlín y no en el golpe de Estado de 1991, que es el verdadero sentenciador de la unión política, desaparece cualquier atisbo de campo socialista o de fraternidad entre países ex-socialistas, China ya estaba inserta en el sistema capitalista mundial (de la mano de EE.UU.) y Vietnam corría rápidamente a hacer lo mismo. La guerra en los Balcanes y entre las repúblicas ex-soviéticas (ex-soviéticas a partir de diciembre de 1991) facilitó la penetración del Mercado Común europeo en el este de Europa. Por lo tanto, a lo que asistimos en el mundo a partir del Foro de Sao Paulo y el chavismo no es, ni mucho menos, a una reconstrucción del campo socialista sino a una reformulación del enfrentamiento entre países "capitalistas" que luchan por defender su soberanía política y combatir las alianzas estratégicas de sus competidores político-económicos sin salirse del esquema general del sistema capitalista mundial. A eso, en este blog y en otros sitios se le ha llamado "campo anti-imperialista", etiqueta que vale siempre que tengamos en cuenta que son tan capitalistas los países imperialistas como los anti-imperialistas. Entonces, ¿ante qué tipo de "guerra mundial" nos encontramos? La primera guerra mundial (1914-1918) enfrentó, básicamente, a los países del centro y de la periferia del continente europeo, la segunda guerra mundial (1939-1945) enfrentó al fascismo y al comunismo, aunque también se vivió como una continuación de la primera guerra mundial. La guerra fría enfrentó a EE.UU. y la URSS en todo el mundo. Esta guerra mundial (o guera contra el terrorismo) enfrenta, en sentido estricto, al este y al oeste, y fue anunciada en 1993 por Samuel Huntington como "choque de civilizaciones", pero detrás de este enfrentamiento sigue habiendo un enfrentamiento entre liberalismo/capitalismo y socialismo/comunismo, y un enfrentamiento entre el centro y la periferia del continente europeo.

Me gusta pensar, quiero pensar, que la perestroika no fue en vano, que casi 80 años de socialismo en la URSS no fueron en vano. Posiblemente, el desafío para el sistema soviético de sobrevivir a la polarización del mundo fue imposible de seguir siendo asumido, posiblemente se cometieron muchos errores en esos casi 80 años de construcción del socialismo en todo el mundo, nadie podía prever lo que iba venir después del triunfo de la revolución socialista en Rusia. Los primeros socialistas "científicos" no predijeron que un país "atrasado" como Rusia iba a ser la cuna de la primera revolución socialista triunfante (7), nadie podía predecir el cisma que se produjo en el movimiento comunista internacional tras la muerte de Stalin, nadie (o muy pocos) podían predecir que el siglo XX iba ser el siglo del desafío a escala mundial entre dos superpotencias, nadie (o muy pocos) podían predecir la carrera de armamentos, nadie (o muy pocos) pudieron llegar a predecir que la tecnología se convertiría en el factor clave de la evolución del sistema productivo, en la estructura del Estado y en la estructura de las mismas clases sociales.

En definitiva, que el desafío es a escala mundial, pero también a escala nacional y local. Y para darlo hay que resumir y sintetizar, sin liquidar, la experiencia política del pasado. Y eso pasa por que nos dejemos de historias y de cuentos con las izquierdas unidas y las burguesías nacionales y nos pongamos a reconstruir los partidos comunistas. Cuanto más tiempo estemos dando vueltas a las burguesías nacionales (se presenten con la etiqueta que se presenten) más tiempo estaremos prolongando la destrucción de la "guerra contra el terrorismo". A eso es a lo que llamo yo "resumir y sintetizar la experiencia política del pasado". Por muy buenas razones que tenga el actual "campo anti-imperialista" siempre sería mucho mejor el "campo socialista" y aquel un remedo de este. Pero ya no se trata de construir el socialismo en uno o dos países sino de construirlo en el mundo. Pero, para empezar, repito, hay que deshacerse de las burguesías naciones, enseñarlas la puerta de salida de la Historia y no volverlas a meter cada vez que la clase obrera necesita construir una alianza socio-política. Ponerles la proa y descontarla minutos y no que nos lo haga ella a nosotros.



 

Post-scriptum: Para que la perestroika no se hubiera hecho en balde, debería aprenderse de sus errores, ya sea en Venezuela, en Cuba o en la misma Rusia. Quizá señalar los errores que se cometieron en la perestroika, y que fueron mal explicados por eso que he dado en llamar "cripto-comunistas" o maoistas, hoxhistas, etc., merecería otro artículo...

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(1) Aquí se da por sentado que EE.UU., con Trump como nuevo presidente, no va a realizar cambios significativos en sus relaciones comerciales con el resto del mundo, más allá de replantear algunos acuerdos comerciales que ya están en vigor. Es decir, EE.UU. seguirá siendo un país que apuesta filosóficamente hablando por el libre comercio y la libre empresa (otra cuestión es que este comercio nunca sea del todo libre y que no todo el mundo pueda llegar a tener una empresa ni aspire a hacerlo).
(2) De diversas maneras Occidente intenta contener política, económica y militarmente a China, como ya lo ha intentado en el pasado desde el momento en que los europeos entablaron relaciones comerciales con China. Una de las coartadas para hacerlo pueden ser los derechos humanos pero, en todo caso, EE.UU. es el principal país que dirige el hostigamiento económico, político y militar contra China, empleando sus bazas regionales en el sureste asiático; por eso representa una profunda hipocresía el escándalo que se produce ahora cuando Trump reanuda relaciones diplomáticas con Taiwan (isla reclamada por China), cuando, en la práctica, la política de contención y/o división de China ha sido la predominante del inter-imperialismo occidental, supeditada a sus intereses hegemónicos mundiales.
(3) Las terapias de shock neoliberal sacudieron con diversa fuerza a la Europa oriental. En Polonia, las empresas estatales se subastaron entre grupos inversores extranjeros; en Checoslovaquía y en Rusia el capital de las empresas estatales se transformó en vales para la ciudadanía convertibles en acciones, en estos casos las acciones empresariales acabaron en manos de una élite económica autóctona, que se apoderó también de las riendas del Estado, conocida como "oligarquía". En Checoslovaquia, esta oligarquía se repartiría el país volviéndolo a separar en dos Estados diferenciados; en Rusia se enzarzaría en una lucha por el control del poder político que terminaría con la cárcel o el exilio de estos oligarcas y la reconversión de las élites rusas en una tecnocracia euro-asiática.
(4) El gobierno nicaraguense de Violeta Chamorro podría calificarse de socialdemócrata según los parámetros europeos, y como socialdemócratas se dedicaron a privatizar las empresas del Estado. Aunque habrá disparidad de opiniones al respecto, se tiende a creer que con el gobierno de Violeta Chamorro comienza la recuperación económica de Nicaragua, que se traduce en un crecimiento exponencial con el de Arnoldo Alemán, pero como de éxito también se muere, el crecimiento económico no estuvo exento de duras críticas sobre corrupción y reparto desigual de la riqueza, posibilitando la vuelta de los sandinistas al poder, en una Nicaragua "capitalista".
(5) Cuba hace, en el mejor pragmatismo, de la necesidad virtud, y del tercermundismo un modelo de desarrollo económico-político exportable a otros países. Lo empezó a hacer con la Tricontinental, siguió haciéndolo promoviendo el foquismo guerrillero (en sintonía con las guerras de baja intensidad, guerras suaves o templadas que ribetearon el periodo de la guerra fría), y luego, tras el final de la guerra fría, lo siguió haciendo con el Foro Sao Paulo y el socialismo del siglo XXI al que algunos teóricos marxistas de América Latina se sumaron con sin igual entusiasmo (y con igual oportunismo con el que antes se habían sumado a otras corrientes revisionistas).
(6) En la primavera de 1989 se producía el motín de la plaza de Tiananmen en China, reprimida por el Ejército chino tras una negociación infructuosa. En caso de que los militares soviéticos sublevados lo hicieran contra la deriva del proceso democratizador en la URSS, deberían haber empezado por neutralizar a los líderes que ellos considerarán peligrosos o dañinos para la marcha de la Unión, en lugar de hacer eso comenzaron por reducir a un debilitado presidente soviético Mijail Gorbachov, dejando las manos libres para los verdaderos enemigos del Estado.
(7) Engels ya apuntaba en sus últimos escritos ("Acerca de la cuestión social en Rusia") que la revolución socialista tendría más futuro en Rusia que en toda Europa occidental. La introducción del marxismo en Rusia data de la década de 1860. No sería casualidad que Lenin reivindicara la importancia de Engels para el marxismo frente a Kautsky y el partido socialdemócrata alemán, y que la ruptura entre el menchevismo y el bolchevismo se produjera, precisamente, en torno a cuál de las dos herencias del marxismo seguían (Lenin: "¿A qué herencia renunciamos?").

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domingo, 13 de noviembre de 2016


Nación Trump (a la segunda va la vencida)

Está claro que nadie va a escribir una hagiografía de Trump. Los que queremos a Trump, lo queremos con sus defectos (porque lo hacen humano).

Hijo de emigrantes de segunda generación (con respecto a su madre, no está claro si es de primera o de segunda generación). Su padre se hizo rico con la construcción en Nueva York. Ciudad tomada por los políticos y el crimen organizado desde la Segunda Guerra Mundial (la mafia se demostró como una organización eficaz para mantener la ciudad activa en medio del esfuerzo bélico, esto los estadounidenses lo volverían a poner a prueba durante su ocupación de Italia). El pistonudo Trump es un camorrista de adolescente, sus padres, preocupados, le meten en una escuela militar donde cursa el pre-universitario, se libra de la guerra de Vietnam pretextando un defecto físico (en los pies), va a la escuela universitaria de negocios y, de allí, a apoyar a los negocios en la construcción de papa y familia.

Atlantic City, la ciudad del juego de la costa este de Estados Unidos, a dos horas y pico de Nueva York en coche, se puede considerar una obra suya. Luego, entraría también mediante su cadena de hoteles en Las Vegas.

Casado tres veces, el primer divorcio (de la señora de sus tres hijos mayores y más conocidos) fue tormentoso, ella le acusaría de violación.

Con respecto a los negocios, ha declarado a su grupo empresarial cuatro veces en bancarrota y, aún así, ha conseguido salvarlo. A pesar de su fama de mujeriego y camorrista, no se conocen grandes conflictos con sus trabajadores o con los sindicatos; sus ayudantes más directos, hombres o mujeres, hablan maravillas de él.

En cuanto a sus veleidades políticas, hasta la elección de Obama como presidente no estaba claro si era republicano o demócrata. En el 2000, participó en las primarias del Partido de la Reforma para la presidencia de Estados Unidos, sin llegar a ser nominado por el partido para la carrera presidencial. El Partido de la Reforma fue creado por el multimillonario Ross Perot, que compitió con alguna posibilidad con George Bush padre y Bill Clinton en las elecciones presidenciales de 1992. Por el Partido de la Reforma también se presentaron como candidatos presidenciales Patrick Buchanan (derecha) en el 2000 y Ralph Nader (izquierda) en el 2004. Buchanan ya se había presentado en 1992 y en 1996 a las primarias presidenciales del Partido Republicano, en las de 1992 contó con el apoyo del libertario Ronald Paul, y recíprocamente apoyó a éste cuando se presentó a las primarias presidenciales del Partido Republicano de 2008 y 2012. Pero siguiendo con las veleidades políticas de Donald Trump, hubo un tiempo en que estuvo mucho más cerca de los demócratas (antes de que entrara en política de la mano del partido de Ross Perot), un tiempo en que era amigo personal de los Clinton, un tiempo en que hacía buenos negocios con los demócratas en Nueva York, por ejemplo, participando en la Raimbow Push Wall Street Project, de la mano del reverendo Jesse Jackson y también candidato en unas primarias presidenciales por el Partido Demócrata, “afro-americano” y heredero político directo del también reverendo Martin Luther King.

Con respecto a los candidatos (derechistas) del Partido de la Reforma, Pat Buchanan corrió la campaña presidencial del 2000 con el lema “América Primero”, viejo lema del aislacionismo estadounidenses (los que no quieren que su país se embarque en grandes guerras internacionales), y que Donald Trump lo ha recuperado durante esta campaña junto al de “Hacer América Grande Otra Vez” (un lema de la campaña presidencial de Ronald Reagan). Buchanan fue asesor de los presidentes “republicanos” Nixon y Reagan. Ron Paul también lo fue del último, pero lo abandonó cuando se cercioró de que la política económica de Reagan iba a estar supeditada a ganar la guerra fría, y de que no re-introduciría el patrón oro para la moneda (aunque bajo Reagan se llegó a crear una comisión específica al respecto). Por su parte, Ron Paul ha sido congresista de EE.UU. ininterrumpidamente desde hace más de tres décadas y, como hemos dicho, se ha presentado a las primarias para la presidencia de EE.UU. por el Partido Republicano en dos ocasiones, siendo su antagonista en ambas Mitt Romney (ex gobernador de Utah), que conseguiría la nominación del Partido Republicano en 2012 (siendo derrotado por Obama). Paul sigue en sus trece ideológicas, contra todo el mundo y cultivando un exclusivo grupo de seguidores, verdaderamente fanático, cuya virtualidad es que ha servido como germen para nuevos movimientos políticos, incluido el de Trump.

En definitiva, los precedentes político-ideológicos de Trump, de más cercanía en el tiempo a menos, serían, Ron Paul, Pat Buchanan, Ross Perot y Ronald Reagan. Como Buchanan, llama a reconstruir la república dejando de lado al “imperio” americano pero, a diferencia de Ron Paul, Trump no es aislacionista (frente a lo que se ha dicho de él durante las elecciones y se sigue diciendo todavía); entre sus apoyos, Trump cuenta con admiradores de Ron Paul como Sarah Palin (candidata a la vicepresidencia de EE.UU. por el Partido Republicano en 2008), y va a enfrentarse a la Reserva Federal en la medida en que está siga generando burbujas de irresponsabilidad económica, pero no va a introducir ni el patrón oro ni de plata para la moneda, no va a implantar un modelo de Estado mínimo (aunque sí va a reducir su peso), y va revisar todos los grandes tratados internacionales en los que EE.UU. participe, incluidos los de libre comercio (a los que se oponía Ross Perot en 1992, frente al candidato republicano Bush padre para las elecciones presidenciales). Como hizo Reagan, hará del ahorro privado, los impuestos bajos y la contradicción del Estado las grandes apuestas de su política económica, mientras cante las loas de la liberalización de la economía nacional y permita la emigración exclusivamente legal. Junto con la liberalización de la economía, podrá en marcha un ambicioso proyecto de re-urbanización del país que demandará capital privado y mano de obra, en paralelo al plan Juncker europeo. Si los “brotes verdes” de la época de Obama y Zapatero sirvieron para contener el batacazo de la economía, ahora la liberalización económica servirá para reimpulsar la economía en las dos orillas del Atlántico.

Continuando con la política de “contención” a nivel nacional, se acabarán las aventuras militares en el exterior (lo cual no equivale a no-intervención). Reagan también fue “conservador” al respecto, frente a los anteriores periodos bélicos en los que estuvo metido EE.UU., y no por ello dejó de intervenir directa o indirectamente en América Latina y el resto del mundo. Pero hay una gran diferencia entre el bombardeo de Libia realizado por el gobierno de Reagan, y la campaña militar multinacional de 2011 (bajo la cobertura vergonzosa y humillante de la ONU). Reagan saneó la economía estadounidense para enfrentar el desafío soviético, sin reducir el gasto militar. El resultado fue un descabellado proyecto de guerra de las galaxias que no se materializó (1) y la reapertura de las negociaciones entre EE.UU. y la URSS que condujo a la distensión y, por último, a la desaparición del bloque político de la Europa del Este.

Se trata de que EE.UU. replantee su lugar en el mundo para enfrentar los desafíos de los países emergentes y contrarreste la decadencia política y económica de Occidente. Lo cual no supondrá tanto la victoria de las tesis terroristas como su total descrédito. Si antes EE.UU. y Rusia (dentro de la URSS) se pudieron sentar juntos para ponerse de acuerdo sobre los grandes problemas del mundo, ahora deben volver a hacerlo, pero ya no como “grandes potencias” de un mundo bipolar, sino como participantes en un mundo mucho más complejo multipolar. Las debilidades del gobierno Trump nacerán, precisamente, de su retracción sobre las fronteras de EE.UU., cuando depende del poder militar que se siente y se teme en todo el mundo, así como de los grupos sociales que se sientan agraviados y desasistidos por el nuevo gobierno.

Las fortalezas del gobierno Trump residirán en su clase empresarial, en la ideología nacionalista y en los trabajadores que quieran ser reingresados (o ingresados por primera vez) al “sueño americano”.

Aunque el gasto militar (y el poderoso complejo militar-industrial) no se hunda con el gobierno Trump sino que, más bien, se apuntale, esa no será la clave del nuevo siglo multipolar. El poderío militar funciona para atemorizar y conminar, pero para negociar y gestionar proyectos hay que emplear más bien herramientas colaborativas y multifactoriales. No se trata del hegemonismo practicado por Bush hijo, desde una concepción supremacista, ni del hegemonismo practicado por Obama y los demócratas, desde una concepción utópica de los derechos humanos, sino de un nuevo resituamiento de EE.UU. como gran potencia netamente americana, netamente regional (y no “global”). Este tren lo podían haber tomado los demócratas en 2008, pero les paso por delante y lo perdieron. Con Obama, prefirieron sumarse a la alianza global por los derechos humanos, la democracia, bla, bla, bla, en definitiva, continuar la política imperialista de los Bush (las águilas neocon), pero con un enfoque más “humano” (tipo Alianza de Civilizaciones: la doctrina del “apaciguamiento” empleada con Irán, por ejemplo), el resultado fue la tercera edición de las primaveras árabes (la primera edición fue en 1916 y la segunda en 2005), y el recrudecimiento de la guerra de los neocon contra el terrorismo, ahora más radical e integrista que nunca. La alianza entre los neocon y el utopismo demócrata podía sorprender a propios y extraños, sin embargo dejó huérfana a una mayoría de la población en espera de un nuevo caudillo… Mitt Romney defraudó estrepitosamente las expectativas en 2012. Y la mayoría “silenciosa” seguía buscando a su líder. La maquinaría del Partido Republicano no se puede decir que no hiciera su trabajo para enfrentarse al fenómeno obamita en la Casa Blanca, lo hizo, muy pronto, desde el invierno de 2009, nada más llegar al poder Obama. Lo que hizo el Partido Republicano fue “apropiarse” del Tea Party. El Tea Party no era ni es exactamente un partido. Es una plataforma política que nació en 2007, impulsada por los partidarios de Ron Paul, que se enfrentaban a las políticas de Bush hijo no sólo por la guerra de Irak sino también, y especialmente, por las políticas económicas de los neoconservadores. El Tea Party amalgamaba las consignas más ortodoxas y nacionalistas de la derecha, pero desde un enfoque fresco, imbuido de individualismo socio-económico; una suerte de anarquismo (capitalista) de derechas que encajaba con la tradición individualismo e independentista de cierto patriotismo estadounidense. El Tea Party fue a la derecha lo que “¡Democracia ahora!” y otras organizaciones de dudoso origen eran para la izquierda; un movimiento contestatario contra el gobierno de Bush hijo, pero que en el caso del Tea Party giraban hacia Ron Paul como su “salvador”. Y, en cierto sentido, Ron Paul jugo ese papel de mesías de la derecha libertaria (anarquista), pero demasiado anarquista y demasiado independiente para el conjunto de las tradiciones de la derecha estadounidense que convergen en el Partido Republicano, por tanto, como argamasa de la alternativa política a Obama y el izquierdismo demócrata no valía (aunque como polemista y agitador de conciencias valía y vale mucho). Entonces, ¿cómo reorganizar a la derecha patriótica y conservadora estadounidense frente a lo que se le venía encima? Como decimos, el Partido Republicano se “apropió” del Tea Party de una forma tan espectacular y eficiente, que llenó el Congreso del país de Juan Nadie, es decir, de “hombres y mujeres corrientes” que venían de la pequeña y media empresa, amas de casa “profesionales”, etc. Estos Juan Nadie contemporáneos modernizaron y popularizaron el mensaje conservador como si se tratase de mil campañas electorales… Sin embargo, los republicanos no acababan de dar con la fórmula de quien podía representar a esta gente corriente. Sarah Palin, que parecía que podía ser la candidata ideal, tiró la toalla, y lo que se escenificó entre las filas conservadores en la campaña presidencial de 2012 fue una guerra sin cuartel entre los seguidores de Ron Paul y los de Mitt Romney que se saldó con el apoyo del Partido Republicano a Mitt Romney, lo que en absoluto restañó las heridas ni resultó creíble para el electorado en el sprint final para las elecciones presidenciales de noviembre de 2012, que volvió a ganar Obama con la misma sensación de fatalidad que se había vivido en 2008.

Por lo tanto, y para decirlo sin rodeos, en noviembre de 2016 vence en las elecciones de EE.UU. un ala del Partido Republicano, pero su victoria no es absoluta, y su pretensión no puede ni debe ser la edificación de una “dictadura” o la consagración de un nuevo mesías a la altura de Obama y su hipócrita mensaje de liberación social y cultural. Llega a la Casa Blanca un sujeto colectivo que tiene que tener muy claro a quién le debe el triunfo electoral y qué tiene que hacer para conservar y ampliar esa victoria popular.

Es un momento refundacional del país, como el que se vivió con Reagan, como el que se vivió con Theodor Roosevelt, como el que se vivió con Andrew Jackson (2), en cierta forma todos ellos “populistas de derechas”, como ha habido y hay “populistas de izquierda” en la historia de EE.UU. junto con tecnócratas y centristas (los Clinton daban ese perfil de centro pero la ola obamita echó a perder la visión equilibrada que les precedía en su administración del Estado, primero en 2008, ahora en 2016). Por otra parte, el paso por el ministerio del exterior de la Sra. Clinton nos hizo recordar los momentos más lúgubres y siniestros del mandato de su marido… No, señora Clinton, usted no ha perdido las elecciones por ser mujer, sino por ser una Clinton y, por cierto, la versión más siniestra de ese apellido… Los Clinton y los “nuevos demócratas” (Al Gore, Joe Lieberman, etc.) han quemado su último cartucho en estas elecciones. Por otro lado, han disfrutado de muchos momentos de gloria política y profesional bajo el prolongado mandato de Obama, no tienen motivos para quejarse.

En definitiva, el paleo-conservadurismo debe ir con pies de plomo para asegurarse su triunfo político, unir al Partido Republicano (que ahora parece unido) y unir al país (que es más importante, incluso, que unir al partido). La derrota de los neo-con frente a los “trumpistas” es sólo relativa. Sin ir más lejos, el vice-presidente de Trump, Mike Pence, es uno de sus representantes. Por lo tanto, ha tenido que negociar para llegar al poder político, y va a tener que seguir negociando y, seguramente, esa va a ser una de las señas de identidad más características de su mandato. Negociar sabiéndose fuerte y, sobre todo, con la enorme máquina de propaganda que le rodea. Porque, si bien el medio no es el mensaje, en buena medida lo condiciona. Sobre “campañas negativas”, por cierto, saben mucho los Clinton… Ahora, también prueban su propia medicina [un ligero regocijo para los humildes]. Porque parece que aquí sólo pueden ser listos, educados, divertidos y agradables los izquierdistas. No, hijo, no. ¡Si hasta Trump tiene una Universidad (privada) que lleva su nombre!

Por lo tanto, dos alas de dos partidos políticos han sufrido un batacazo considerable, los neoconservadores (del Partido Republicano) frente a los paleoconservadores, y los centristas (del Partido Demócrata) frente a los izquierdistas. ¿Eso quiere decir que si el Partido Demócrata hubiera concurrido a las elecciones con un candidato izquierdista como Bernie Sanders las hubiera ganado? Seguramente, entonces, la derrota del Partido Demócrata hubiera sido mayor. No, el batacazo lo reciben las componendas, el tráfico de influencias, los chanchullos en las alturas y el gatopardismo (cambiar algo para que todo siga igual), además de las revoluciones descafeinadas de Obama y compañía, que arman guerras civiles por derechos sin sustancia, desasistiendo a las poblaciones que verdaderamente tienen que ser sujetos de esos derechos (parados, familias sin recursos, etc.). El asistencialismo ha fracasado y el individualismo patriótico ha resurgido de sus cenizas.

Es el paleoconservadurismo el que ofrece el antídoto contra el declive de la nación americana que no implica el desmentido de sus instituciones sino su resurgimiento o, más exactamente, su re-adaptación. No se trata de un poder comatoso ni impulsivo, sino negociador desde su fortaleza. Y, junto con la nación norteamericana o estadounidense, el resto de Occidente debe también re-adaptarse, ya lo ha empezado a hacer la Unión Europea y, antes que nadie, el Reino Unido. Por tanto, se trata de un gran reajuste de los continentes políticos. Y, paradójicamente, cuestionamos una de las piezas fundamentales del neoliberalismo de la década de 1990 como son los tratados de libre comercio. Eso tampoco quiere decir que se vuelva a los Estados-nación del siglo XIX; al contrario, re-fundarse implica adaptar los fundamentos a las nuevas condiciones de existencia, nacer a un nuevo estado de cosas, eso trata de hacer, en estos momentos, EE.UU. e, insistimos, eso ha hecho a lo largo de su historia, y hace cualquier nación que se precie de su existencia.

El Partido Republicano, que se llama a sí mismo el “gran viejo partido”, en realidad no es tan viejo (prácticamente, es tan viejo como el demócrata, ambos fundados en la década de 1850, y ambos resultado de la desintegración de otros dos partidos anteriores). Su auténtico momento fundacional es con la guerra civil estadounidense de la década de 1860 (guerra de secesión, para los europeos), cuando el Partido Republica es el gran adalid de la guerra contra los “rebeldes” del sur. El segundo momento re-fundacional del Partido Republicano es con la guerra de Vietnam y la lucha por los derechos civiles en el interior del país, entonces el Partido Republicano adopta sus rasgos ideológicos definitorios de la actualidad: austeridad económica y libre empresa, conservadurismo moral y social, patriotismo y anti-comunismo. En el caso del Partido Republicano, el federalismo adopta tonos más federalistas en el sentido europeo, en el sentido descentralizador de las competencias políticas, mientras que el Partido Demócrata se convierte en el gran partido centralista, pro-derechos humanos, y mezcla de lo público y lo privado. Un caso extremo en la óptica descentralizadora lo representa Ron Paul (que llega, incluso, a coquetear con las aspiraciones secesionistas, históricamente, de algunos Estados). Un caso extremo re-centralizador en la política estadounidense lo representa el ala izquierda del Partido Demócrata y Bernie Sanders. A medio camino se puede encontrar el neo-conservadurismo de los Bush y el centrismo de los Clinton. La cuestión federal, en un país tan grande como EE.UU., no es ninguna broma, y cada Estado se toma su autoridad muy a pecho sin menoscabo de la autoridad federal en todo el país. Posiblemente, el neoliberalismo implica la tercera refundación del Partido Republicano, en una época (los años 70, en medio de la guerra de Vietnam) en que la intervención del Estado en la economía era incuestionable, como resultado de esa reacción neoliberal el libertarismo económico de los Ron Paul y compañía. La “revolución conservadora” de Reagan ya tenía un fuerte contenido moralizador y religioso (recordemos como llamaba a la URSS: el imperio del mal, no muy alejado del “eje del mal” del que se hablaría con Bush hijo). Ahora bien, con respecto a las consecuencias económicas de su propio gobierno, ni siquiera la derecha se pone de acuerdo. Todo el mundo habla de la austeridad y la libertad económica, pero nadie habla de la deuda galopante que dejó como herencia. Y lo cierto es que tras sus dos mandatos comenzó la desvertebración del Partido Republicano. Bush hijo ganó de forma controvertida las elecciones presidenciales del 2000 y, después de los atentados del 11 de septiembre de 2011, su gobierno fue, si cabe, más controvertido todavía. Hasta que el Partido Demócrata no encontró a un empollón carismático que se les daba de izquierdista no pudo volver a la Casa Blanca. Otra empollona sería la encargada de hacer que la abandonara, no sin antes batirse en buena lid con un camorrista con pinta de currante y curtido en la negociación empresarial…

El resultado de las elecciones primarias en los primeros Estados en los que se vota es decisivo para saber quién se va a llevar la nominación del partido a finales de la primavera o comienzos del verano. Trump deslumbraba y maravillaba ya a finales de enero de este año y lo alejaba de la pinta de payaso y producto televisivo que había parecido rodearle hasta diciembre del año pasado. Clinton, en cambio, aprovechaba su gran oportunidad para hacer valer su condición de primera-mujer-que-aspiraba-a-la-presidencia (aunque, desde luego, no era la primera, ni mucho menos, que lo intentaba), después de que en 2008 la malograra esa oportunidad Obama. A comienzos de la primavera, todavía parecía impensable que Trump consiguiera la nominación del Partido Republicano, pero, poco a poco, se fue haciendo eso realidad para pasmo de propios y extraños.

Esperemos que les salgan las cosas bien, por el bien de todos. Sin vencedores, ni vencidos. Sin la empalagosa hipocresía del progresismo (sin sus discursos vacíos) pero, también, sin la prepotencia huera del neoconservadurismo, un poder equilibrado, que es temido, pero no humilla, que es respetado, pero no exige pleitesía, que es humano, y por eso se sabe limitado.

Los cambios en la “administración” Trump se notarán a corto, medio y largo plazo, pero no serán, al estilo de Bush, salteados y absurdos, o al estilo de Clinton, vergonzosos y humillantes. Más que un poder blando (como diría Joseph S. Nyer), un poder seguro pero suave, mano de hierro con guante de terciopelo; las tortas a ser posible, con suavidad, para que sirvan de escarmiento, de oportuna lección más que de castigo, muerte y derrota. Por eso, no se trata, repetimos, de desmentir el poder norteamericano, sino de reconducirlo. Magnánimos en la victoria, compasivos con el vencido, conciliadores con el aprendiz, implacables con el reluctante, impasibles a las provocaciones… Ese es el poder del nuevo conservadurismo. El poder de un imperio que se sabe ante todo republicano, empresa colectiva y no patrimonio de una familia y grupo social determinado.

El imperio romano colapsó ante el empuje de los bárbaros y el hundimiento de la economía esclavista. Trump y los paleoconservadores quieren poner a raya a los bárbaros y resucitar el brazo industrial norteamericano. Nada que objetar al respecto (aunque se van a tener que enfrentar a librecambistas furibundos, especuladores vergonzantes e hipócritas progres). Es decir, que los negocios giran en torno al área del Pacífico, pero en Europa todavía no hemos aprendido a vivir del aire. La entente entre Europa occidental y América del Norte se actualizará pero, en ningún caso, se desechará, porque, en última instancia, los desafíos del poder occidental a las dos orillas del Atlántico Norte son comunes.

Lo que no se pone en cuestión es tanto la hegemonía de EE.UU. en el mundo, cuya decadencia ya ha sido cantada de mil maneras, como el sentido de la evolución del sistema económico mundial y sus cambios en la medida en que transforma la realidad socio-política y los sectores productivos de los países que va incorporando a su seno. Una empresa gigantesca que comenzó con la revolución industrial en el siglo XVIII y que ahora transforma radicalmente Asia, después de haberlo hecho con Europa y América. El continente que queda en la lista es África. Y en la marcha del capitalismo mundial se transforman los sistemas políticos y se reforman las estructuras sociales. Para la introducción del capitalismo en el tercer mundo tampoco hay que desdeñar la misión “educadora” de las congregaciones religiosas, históricamente punta de lanza del colonialismo europeo y en los últimos cuarenta y pico años financiadas directamente por las multinacionales. Pero, ¿hay una clase media capaz de soportar el empuje del capitalismo mundial y que no se hunda en el intento, o deberemos seguir asistiendo a esta parodia no exenta de dramatismo de alternancias entre la izquierda y la derecha en el gobierno de los países?



Benito García Pedraza (http://benitogarciapedraza.blogspot.com)




(1) La guerra de las galaxias de Reagan fue resucitada por Bush hijo como “paraguas antimisiles” (una versión reducida la pusieron en marcha los israelíes como “escudo de hierro”).

(2) El presidente Andrew Jackson de EE.UU. (1829-1837) fue el fundador del Partido Demócrata y, sin embargo, hoy sería una figura reivindicada por el ala nacionalista del Partido Republicano. Héroe de guerra, se enfrentó contra el ejército británico con posterioridad a la independencia de Estados Unidos; cuando llegó a la presidencia también se enfrentó contra los intereses bancarios, y particularmente contra sus pretensiones de construir una autoridad bancaria central independiente del Parlamento. Andrew Jackson también es a la vez producto y artífice de la moderna política de masas en EE.UU. y el primer político populista en su país, después del gobierno indiscutido de George Washington.

 

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